Periodismo narrativo en Latinoamérica

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A las tres en las Victorias

Miraba entre la multitud cuando me crucé con el cincuentenario rostro de Manuel Matus. Él también tenía sus oscuros y atentos ojos puestos sobre mí. Era alto, robusto y destacaba por su edad entre los miles de jóvenes congregados en la Plaza de las Victorias de Managua para celebrar el triunfo electoral del líder revolucionario Daniel Ortega. Le vi hacerse paso entre la muchedumbre: se estaba acercando hacia mi. Yo estaba en un lugar más alejado y no tan lleno de gente. Supuse que había descubierto mi profesión, algo no muy difícil habida cuenta de la cámara atada a mi espalda y la libreta de notas sostenida en mi mano. Cuando le tuve a pocos metros pude ver una cara desfigurada por varias quemaduras y su profunda mirada cada vez más próxima.

-“Me torturaron los somocistas”, dijo, sin yo haberle preguntado.

Me desveló entonces por qué estaba allí. Quería celebrar un nuevo triunfo de la Revolución. No era el primer baño de multitudes para Manuel Matus: fue uno de los guerrilleros presentes en el desfile del 19 de Julio de 1979, día del triunfo contra el dictador Anastasio Somoza Debayle. Tres décadas no habían mermado el entusiasmo de entonces. Había recorrido 200 kilómetros desde Juigalpa, en el interior del país, para celebrar una nueva victoria sandinista.

Hablaba tranquilo y despacio, procurando mi atención. Me dijo que fue un ‘cachorro’ de la revolución y sirvió tanto en la Insurrección como en la posterior Guerra Civil entre los sandinistas y la guerrilla contrarrevolucionaria financiada por el presidente norteamericano Ronald Reagan. Una década de guerra es mucho tiempo para este veterano:

-“Nos matamos entre nosotros”, lamentó, casi con los ojos bañados en lágrimas.

Tuvo tiempo, antes de volver junto a su sobrino, para confiarme una crítica hacia el Frente Sandinista. Aunque celebraba el triunfo de Ortega, no estaba totalmente de acuerdo con su gestión:

-“Yo quiero un socialismo auténtico, y no este capitalismo impuesto, pero tenemos que jugar con sus reglas. Incluso el comandante lo hace y eso es lo que yo le recrimino”, me confió.

Estuvimos hablando de las elecciones durante unos minutos. Después, se despidió de mí con un sincero apretón de manos. Pude sentir entonces las quemaduras en su palma: las secuelas de la guerra no se habían limitado a su rostro. Manuel Matus volvió entonces a confundirse entre la multitud y las sombras.

Había salido del Hotel Intercontinental sobre las tres de la mañana. Los escasos 100 metros de distancia entre ese lugar y la Plaza de las Victorias separaban la decepción y la rabia de la oposición, reunida en el lujoso hospedaje, y la algarabía de cientos de jóvenes todavía celebrando el triunfo del ‘compañero presidente’.

El olor a pólvora de los morteros se mezclaba con un fuerte aroma a cerveza y los acordes de las canciones revolucionarias provenientes de varios altavoces diseminados por el lugar. No sólo los oficiales: también había varias discotecas móviles improvisadas. Una simple camioneta sirve. Se le añaden cuatro parlantes, un reproductor en el interior y la fiesta puede comenzar.

Las banderas rojinegras regaban toda la plaza. Por cierto, esta tiene tres nombres, dependiendo de la ideología política de quien se refiera a ella: de las Victorias para los sandinistas, del Fraude para la oposición y del Hilton para quienes no quieren mojarse; De un lado a otro ondeaban los pendones, entre vítores y cánticos. En plena fiesta, decenas de niños se afanaban en recoger las miles de latas de cerveza vacías desperdigadas por el suelo. Al día siguiente las venderían en el mercado o la chatarrera para ganarse unos pesos. Es el drama de un país que ha visto desfilar a cuatro presidentes en 21 años de democracia y aún mantiene a la mitad de sus habitantes en situación de pobreza.

La mayoría de personas congregadas seguramente veían a Ortega como la solución a ese problema. Casi todos portaban la singular camiseta del Frente Sandinista, repartida a discreción durante los meses anteriores: blanca, con una enseña ‘hippie’ y la leyenda “Daniel 2011, Amor, Paz y Vida”. Hablé con ellos. Algunos llevaban alguna cerveza de más y querían hacer ellos las preguntas:

-¿Qué le parece el triunfo de Daniel, español?- me decían, haciendo el símbolo de la victoria con los dedos, tradicional saludo del sandinismo al coincidir con el número de casilla del Frente en las boletas electorales, el dos.

Al final de la plaza había un escenario, ya apagado. Una ligera lluvia se había hecho presente y se acabó el concierto. Pero la gente no se fue. Muchos reposaban sobre los bordillos de la carretera, cortada a marchas forzadas unas seis horas antes. Un acento europeo desveló a varios españoles unidos a la fiesta sandinista. Esa era sólo la primera jornada de celebración: la fiesta no pararía en los dos días siguientes.

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La pantomima del Estadio

Pantomima2. f. Comedia, farsa, acción de fingir algo que no se siente.

Los resultados de las elecciones de Nicaragua llegaron a mis oídos hora y media antes de que el CSE emitiese su primer informe. Eran tan arrasadores que pocos me creyeron. Ni yo mismo lo hice. Escuché un susurro de la jefa de Prensa del Estadio Nacional, donde se realizaba el recuento: “vamos 66 a 30 y creemos que se mantendrá la tendencia”, dijo la pequeña y fornida señora a su interlocutor telefónico. En el twit que puse sobre las nueve de la noche no me atreví a escribir una cifra en aquellos momentos alejada de cualquier estimación previa. Creí haber oído mal y dejé 56. El otro dato lo mandé en varios SMS: amigos míos todavía lo conservan.

Mi hora y media de estancia en el Dennis Martínez fue una de las pantomimas más grandes a las que nunca he asistido. Había decidido ir por el antecedente de las elecciones municipales de 2008: el fraude denunciado por la oposición habría tenido su epicentro allí por el deficiente conteo de votos. Aquella calurosa noche de cielo despejado, una de esas con aroma histórico en el ambiente, tuve que pasar hasta ocho controles de Policía para darme cuenta de que no podría llegar hasta el parking del Estadio y me tocaba estacionar en una de las calles aledañas. Aunque en otro día hubiese tenido mis reticencias -el Bóer no es el barrio más seguro de Managua- el gran despliegue policial me convenció de que dejar el coche allí era seguro. Un joven agente con dientes de oro lo custodiaría.

Poco tardé, una vez entré al recinto, en tener la certeza de la recepción de periodistas era un ‘show’, un ‘Parque Jurásico’ donde no íbamos a tener acceso a nada. Primero, sentados en las vetustas gradas de color azul viendo como, de manera militarizada y a veces con muy malas formas, los organizadores del recuento llamaban a los miembros de las Juntas Receptoras de Votos. “Vamos, vamos, vamos, presidenta, presidenta, presidenta, apure, apure”: parecía más un alistamiento que un acto cívico. Eso sí, los periodistas tras una verja de malla. Pareciera como si en pocos segundos fuese a llegar el Tiranosaurio para acabar con todos.

Iluso de mí, esperaba poder entrar en alguna sala de recuento o hablar con los fiscales para preguntar cómo estaba funcionando el proceso: nada de ello ocurrió. De las gradas pasamos a una improvisada sala de prensa, en uno de los salones de la fama del Estadio Nacional. Las encargadas de nuestra custodia pusieron mucho celo en evitar perder de vista a alguno de nosotros. Desde la puerta de cristal podía ver una sala de resultados entrabierta donde decenas de personas movían papeles de un lado a otro. Poco más se podía sacar en claro.

Allí encerrado, entre los nombres de los mejores deportistas nicaragüenses de todos los tiempos, llegué a una rápida conclusión: debía abandonar el edificio lo antes posible. Pocas veces me habían hecho perder más el tiempo. Incluso nos habían preparado un piscolabis bastante digno. De algo había servido el viaje, al fin y al cabo: Comí un poco, anticipando la larga jornada todavía por delante. Entre el sandwich y la Coca Cola, pegando algo de oreja, escuché los susurros de la jefa de prensa.

No pude divulgarlos por twitter hasta salir del recinto: habían bloqueado internet mediante algún dispositivo de interferencias. Ni con Yota me pude conectar. Lo hice en cuanto llegué a mi coche, todavía custodiado por el joven agente de los dientes de oro. Puse la directa hacia el Inter Metrocentro, donde Fabio Gadea se estaba preparando para recibir la noticia de su derrota. Por el camino pude ver cómo los autobuses que transportaban a los miembros de las Juntas Receptoras de Voto eran acompañados por camionetas repletas de personas con banderas rojinegras, entre gritos y vítores, celebrando ya el seguro triunfo de Daniel Ortega.



Los indignados de Nicaragua

Elaboré un vídeo, con fotografías propias, sobre ‘Los Encachimbados’ de Nicaragua. Protestan en las calles contra los líderes que se presentarán a las próximas elecciones presidenciales. Mi intención fue la de dar a conocer su historia de una manera diferente, no con una simple nota de prensa, explotando la creatividad sin perder la objetividad. Espero que os guste.


Historias de La Carpio

En San José hay una isla que se llama La Carpio.  Al recóndito barrio sólo se puede entrar mediante una angosta carretera de dos carriles. Cuando se toma la pista, pronto desaparece toda construcción. Se conduce por la cresta de una verde colina, cuyas pendientes descienden hacia lo que parece un riachuelo. Una caravana de autobuses recorre a diario el camino. Pasan uno detrás del otro, como si de una extraña romería se tratase. Unos minutos más tarde se comienza a sentir un peculiar resplandor: al frente, una marabunta de tejados de zinc, raídos por la humedad, enseñan su cara al sol. Anuncian que hemos llegado a destino.

San José, la capital de Costa Rica, quedó atrás. Casi se podría decir que también lo hizo el país. En tan sólo diez minutos el paisaje ha cambiado de forma radical,  evocando el cruce de alguna suerte de frontera invisible. Nada más rejos de la realidad. La asombrosa aglomeración de tejados de lata, en profundo contraste con los edificios del centro,  es parte del término municipal de San José. Los turistas no saben que está ahí. Muchos ticos tampoco. Es la puerta de atrás, el vertedero de un país que se considera exitoso. No lo es para todos. Miles de nicaragüenses tienen allí su residencia. Llegaron buscando un salario mejor, pero muchos no encontraron más que miserias en un país que no es el suyo, atrincherados contra el temido fantasma de la xenofobia.

La primera impresión que uno tiene cuando pone el pie en el barrio es haber vuelto a Nicaragua:

Las fritangas, furtivas en el centro de la ciudad, salen a la calle en La Carpio.

Cualquier lugar improvisado se convierte en pulpería.

El nacatamal pinolero se anuncia en las fachadas.

Un olor a carne asada llega de la vuelta de una esquina.

La piel de la gente es más oscura.

Su acento es diferente.

También sus expresiones.

La Managua chiquita es un calco de la verdadera.

El barrio fue creado en 1993 por tomatierras costarricenses llegados de zonas humildes del país. La finca donde se ubica pertenecía a la Caja Costarricense de Seguro Social. Se estima que su población supera las 25.000 personas, en su mayoría nicaragüenses y costarricenses. Ha incrementado su extensión hasta ocupar más de 23 kilómetros cuadrados, convirtiéndose en una de las comunidades más grandes de San José.

Desde sus inicios se le tiene por la zona más peligrosa de la capital. Existen varios grupos de crimen organizado, en forma de pandillas, dedicados a pequeños hurtos o menudeo de droga. Sus habitantes luchan, sin embargo, por un reconocimiento que vaya más allá del de barrio peligroso. Aunque admiten que lo es: “Lo normal es que se produzca un tiroteo a la semana“, dice Georgina, una empleada de la Iglesia Luterana que colabora en varios proyectos del barrio. Una rápida pasada con la cámara de fotos basta para darse cuenta de que hay gente en La Carpio que no quiere ser fotografiada.

Lucha contra la xenofobia

En La Carpio no hay nicaragüenses. Esa es la conclusión que podría alcanzar un voluntario extranjero preguntando a cada uno de sus habitantes. Los migrantes se niegan a decir de dónde proceden: ser pinolero es un estigma para muchos de ellos. Son las heridas sin cicatrizar de varias décadas de xenofobia. Una irracional, entre hermanos. El eterno miedo a la pobreza.

– Hola, ¿Cómo va la mañana? – pregunto a dos muchachas afanadas en subir los escalones que ascienden desde la parte baja del barrio.

– Dando un paseo, ¿Y vos?

– Lo mismo. Llegué hace poco, vengo de Managua. Me han dicho que aquí hay muchos nicas

– Sí, hay muchos.

– ¿Vosotras, por ejemplo?

– No, nosotros somos ticas

– Mucho gusto, entonces

Me dispongo a bajar por donde ellas subían, cuando me advierten:

– Tenga cuidado ahí abajo, pues, ahí hay muchos tamales (ladrones)

– Pero niñas… tamales y pues no es que sean dos expresiones muy ticas…

Las sonrisas que se dibujan en sus caras me da a entender que he dado en el blanco. Por vergüenza, miedo, o vete a saber qué otro motivo, habían querido ocultar su verdadera nacionalidad. Este es sólo un ejemplo, muy ilustrador, eso sí, del estigma que para muchos significa ser nica en Costa Rica. No les culpo. Georgina me cuenta que  el simple hecho de decir “pues” como coletilla al final de las frases puede ser motivo de insulto. “Bruto, aprende a hablar, te pueden decir“. Muchos ni siquiera conversan en el autobús u otros lugares públicos por miedo a ser insultados. “Unos compañeros de la universidad me escupieron por el simple hecho de ser nica”, confiesa la voluntaria luterana.

Un grupo de niños juega al fútbol en uno de los pocos espacios recreativos del complejo. Con cuidado de no tirar muy fuerte, o la pelota puede irse ladera abajo. Los pequeños, sin superar los 10 años, tienen la misma opinion: “es que los ticos son especiales“, dice uno de los pequeños. “Negro, bruto -tonto-, o mono” son algunos de los insultos más corrientes, asegura Georgina.

En el punto de mira

El barrio todavía no ha podido olvidar aquél mayo de 2004, cuando se produjo la gran redada que cambió su historia. Nunca antes se había montado un dispositivo de tal calibre. Decenas de personas fueron arrestadas, algunas sin motivo. Muchas fueron encañonadas. La policía penetró en las casas llevándoselo todo por delante. Los vecinos lo suelen recordar con un simple y directo adjetivo: humillante.

No fue el último: en junio de este año se repitió un operativo similar, con la excusa de detener la actuación de las pandillas. Acabó con 26 detenidos, cinco de ellos nicaragüenses. Fueron acusados de delitos de hurto, tentativas de homicidio, amenazas e incluso abusos sexuales. En el barrio que construyó una escuela con sus propias manos y unas cuantas láminas de zinc, la delincuencia ha acabado por campar a sus anchas. Aunque la mayoría de vecinos la rechaza, y le quita hierro, lo cierto es que La Carpio no es un lugar modelo en cuestiones de seguridad. Más cuando algunos de sus policías aceptan sobornos, como aseguran muchos de los moradores.

“A pesar de la delincuencia, tenemos que respetarnos como somos, no importa si somos negros, blancos o chinos” dice una vecina. La Carpio es, quizás, el lugar de Costa Rica donde menos se siente la xenofobia entre ambos países: “Aquí las chorreadas las acompañamos con cuajada, nuestro pan con agua dulce…” dice un tendero. Toda una paradoja en un barrio que ha aprendido de sí mismo para superar las adversidades que se le han ido presentando. Un ejemplo más de que La Carpio es una isla, no sólo de San José, sino de toda Costa Rica.

(Fotografías: Héctor Estepa)


Las balas de Minguito

Es una bonita mañana en Managua. El “veranillo” de agosto ha dado tregua a las abundantes lluvias del invierno en el trópico. La tantas veces reconstruida capital se jalea con las fiestas patronales de Santo Domingo. Representado en una pequeña estatuilla de madera no más grande que una pelota de fútbol, el santo recorre toda la ciudad en procesión. Decenas de miles de peregrinos aguardan su paso en cualquier esquina, refugiándose aquellos que pueden bajo los árboles del camino.

A mediodía comienza a asfixiar el calor. En Nicaragua se le llama invierno a la época lluviosa, pero en realidad se trata del verano en el hemisferio norte. El sol en esta latitud quema como si estuvieras dentro de una sartén. Por mucho que uno lo evite, basta pasar dos minutos en la calle para comenzar a sentir las gotas de sudor deslizarse por la frente. Eso, para el extranjero, por supuesto. No se puede decir que el nica no suda, pero su cuerpo está más acostumbrado a los avatares del tiempo que el de un “chelito” venido del norte.

Súbitamente se produce una gran conmoción entre la masa de gente que espera al santo: no pasa nada, alguien ha subido el volumen de unos altavoces que vociferan consignas de la campaña electoral. Los comicios se celebrarán en tan sólo tres meses y los candidatos están ya preparando motores. Esta vez se trata de Enrique Quiñónez, un político conservador que apenas supera en las encuestas el 5% de los votos.

Sin embargo, a juzgar por las decenas de personas que en pocos segundos rodean la tribuna, pareciese que fuera el candidato con más popularidad. Una gran masa de gente se acerca al lugar de dónde proceden las consignas. Quiñónez, un político de mediana edad, rechoncho y con buena oratoria está repartiendo gorras, a la vez que lanza consignas desde el micrófono que sostiene en su mano. Se le nota visiblemente alterado, alguno diría que por efecto del alcohol. Desde luego, se muestra abrumado e incluso sorprendido por el gran número de nuevos seguidores a su causa.

Decenas de brazos se extienden hacia el escenario donde el político está dando su arenga. Quieren gorras, y les da igual quien quiera que se las esté dando. Quieren las gorras y ya está. En el fragor de la multitud,alguien se anima a gritar alabanzas:

-¡Viva Enrique Quiñónez! ¡Viva la ALN!

Incluso hay quien se atreve:

-¡Viva Somoza!

El hijo del ex dictador nicaragüense Luis Somoza Debayle ejerce como director de campaña del partido. Nadie parece darles apoyo en las encuestas, pero el político está regalando gorras, y ahora también zumos, atrayendo a quienes todavía no se habían decidido.

Posiblemente, si allí estuviesen repartiendo regalitos Daniel Ortega o Fabio Gadea, otros contendientes de la batalla electoral nicaragüense, también habrían causado la misma agitación.  Como me dijo aquél día un colega: “Así fuese el mismo diablo en persona, que ellos estarían pidiendo sus gorras”. Y qué otra cosa iban a hacer. Es lo que llevan viendo año tras año, campaña tras campaña. La política de pan y circo es común en Nicaragua. No sólo eso, sino la única que, probablemente, conoce la mayoría. El caudillismo político se reproduce en el país del pinol más rápido que las abejas en primavera.

El visiblemente impresionado Quiñónes comienza a sentirse cómodo en la tarima mientras decenas de brazos alzados siguen reclamando los regalos que llevarán a sus casas. Una gorra es un buen botín para un día de fiesta en el que no se esperaban ganar mucho. El pequeño escenario es un espacio ya confuso donde se mezclan los gritos de los presentes con el estridente sonido de los altavoces. Muchos de los presentes están embriagados. El alcohol acompaña las celebraciones nicaragüenses como el día acompaña a la noche.

De pronto aparecen algunos que no se han tragado la fastuosa representación del político liberal: son sandinistas, el bando contrario. Agrupados en pequeños grupos, comienzan a descalificar a los políticos que continúan arengando desde la tarima.

-¡Viva Daniel! ¡Viva el Frente Sandinista!

Es de esperar que se líe una gorda pronto. Y cuando es de esperar que se líe una gorda en Nicaragua, se acaba liando. Alguien lanza una piedra. Un guardaespaldas de Quiñónes abre la cartuchera de su pistola, la alza  y apunta al cielo. En ese momento, un policía que estaba mirando la escena hace lo mismo. No se sabe quién dispara primero, pero se produce un tiroteo. Lo siguiente son gritos, carreras y proyectiles perdidos. Uno de ellos va a dar a la espalda de un peregrino. Salva la vida, pero no podrá volver a caminar. Es el saldo de las balas de Minguito, de una política empantanada desde tiempos inmemoriales en el caudillismo. No parece ni siquiera sorprender. La noticia tiene fuerza el día de marras, pero pronto se evapora entre otros asuntos de una de las sociedades más castigadas por su clase política en el mundo.