Periodismo narrativo en Latinoamérica

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Una larga noche en el Inter

La tensión cortaba el ambiente cuando entré en el hotel Intercontinental de Managua, la noche de las elecciones nicaragüenses. Era el lugar elegido como base por el Partido Liberal Independiente del derechista Fabio Gadea. Por el camino en automóvil había pasado incontables autobuses que transportaban los votos hacia el centro de cómputo del Estadio Nacional, lugar de mi partida. Muchos de ellos iban acompañados por camionetas repletas de seguidores del Frente Sandinista, el partido del revolucionario Daniel Ortega, rival de Gadea. Entre banderas rojinegras, cantos y vítores seguían a los vehículos, anticipando el resultado de las votaciones.

La noche era fresca, al contrario que en los días anteriores, perfecta para una gran celebración. Pero en el Inter no estaban para celebraciones. Como si ya se esperasen el resultado electoral,  me encontré con decenas de caras largas. Sentado en un sillón, al fondo de un pasillo, estaba Fabio Gadea, el octogenario candidato a la presidencia, precursor de la radio en Centroamérica con ‘su’ emisora Radio Corporación. Su rostro era de preocupación. Imposible ver sus ojos, siempre ocultos tras los cristales de unas gafas de aumento donde se reflejaban las luces de recinto. Buscaba refugio en sus nietas, sentadas a su regazo en una bonita estampa familiar. Su abuelo, sin embargo, estaba absorto en sus pensamientos. Luego me contarían que había pasado los minutos anteriores dando vueltas y repitiendo: “Nos han robado, nos han robado”.

Hacía frío. Alguien había subido el nivel del aire acondicionado más de la cuenta, quizá para aliviar el acaloramiento producido por la espera. En otra esquina estaba Edmundo Jarquín, disidente sandinista y candidato a la vicepresidencia por el partido de Gadea. El feo, como le apodan amistosamente, estaba manteniendo una conversación nerviosa con tres de sus colaboradores. Había otros corrillos en la sala, discutiendo aspectos de las elecciones. Decidí dirigirme hacia el salón de ceremonias, una gran estancia del Inter cubierto por una bonita alfombra de tonos rojos y amarillos. Un lujo visto en pocos lugares de Nicaragua. Unas 30 personas cenaban allí, con gesto también nervioso y preocupado. Reconocí algunas caras cercanas a las agrupaciones de la compleja alianza entre disidentes del sandinismo y los liberales del ex presidente Alemán, otrora caudillo de la derecha y ahora caído en desgracia por un supuesto pacto con Ortega.

En la sala de prensa, un cuarto con una mesa de madera alargada que debía ser utilizado como sala de convenciones, me encontré con algunos de mis compañeros. Allí revelé un secreto: me había enterado, por un susurro de la Jefa de Prensa del Estadio Nacional, del resultado de las elecciones. No les iba a gustar, no les gustó y no lo compraron: Ortega se iba imponiendo con un 66% en detrimento del 30% alcanzado por Gadea. “En Estelí me acaban de decir que vamos ganando”, dijo alguien. Poco tardó en demostrarse que Fabio tampoco ganaría allí: los resultados de esa ciudad fueron los primeros en aparecer y mostraban una clara derrota.

Una hora antes de que Roberto Rivas, el presidente del Consejo Supremo Electoral, diese los resultados preeliminares, la Plaza de las Victorias (o del Fraude, o del Hilton, según sea la ideología política de quien lo mente, pero Plaza de las Victorias aquella noche), situada a escasos 50 metros del Inter, ya estaba a reventar de gente celebrando el triunfo de Ortega. La tensa espera de los dirigentes de la oposición se recrudeció al escuchar los vítores sandinistas por la ventana.

Estábamos discutiendo sobre alguna trivialidad cuando sonó el himno de Nicaragua por televisión: se iban a anunciar los resultados. 66% a 29% con un 6% escrutado de los votos. El susurro que había captado se equivocó por una décima en el resultado de Gadea. Roberto Rivas seguía repasando los resultados departamento por departamento, en una alocución de unos 20 minutos. Nadie se movió de allí en ese tiempo. La mayoría miraban hacia el suelo, otros hacia el techo. No se escuchaba ni un susurro, al menos en el salón de ceremonias. Los brazos estaban bajos: el resultado era un varapalo tremendo. Ortega tendría mayoría absoluta en la Asamblea Nacional. Podría gobernar sin contar con ellos. En el salón de las caras largas no estaba, sin embargo, ninguno de los altos cargos. Decidieron verlo en otra estancia, alejados de la militancia de su partido.

A los pocos minutos de la emisión, apareció Eliseo Núñez, el fornido portavoz de la Alianza Pli, para insuflar ánimos a sus correligionarios: “Nos han robado descaradamente y no vamos a aceptar los resultados hasta que no se cuente el último voto” dijo a una audiencia que transformó las caras de desilusión en gestoss de rabia. Muchos debieron acabar con los labios marcados por los dientes superiores. Los vítores retumbaban en toda la sala a cada palabra de Eliseo. “Contamos con un recuento paralelo de nuestros fiscales que nos da un empate técnico con Ortega”, dijo.

Habría que esperar dos horas más hasta el segundo informe de Rivas. La mayoría de cargos de la Alianza había abandonado el hotel. Sólo quedaba una decena de personas además de los medios. Seguía haciendo frío, mucho frío. Como muchos habían abandonado ya el lugar, la gélida sensación aumentó. Muchos de los periodistas estaban desparramados en los sillones del hotel, algunos profundamente dormidos, cuando volvió a escucharse el himno nacional. 65% a 30% con el 38% escrutado. Poco había cambiado el resultado. De nuevo las caras largas. De nuevo Eliseo a insuflar ánimos. Pero esta vez su discurso no fue tan convincente. Muchos echaron de menos entonces a los líderes de la alianza. No darían la cara hasta el día siguiente.

Dejé el Inter hacia las tres de la mañana. Allí no quedaba ni el apuntador. Los últimos cámaras recogían sus equipos. Decidí dirigirme entonces hacia la Plaza de las Victorias. Allí, por supuesto, no había caras largas.

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Las balas de Minguito

Es una bonita mañana en Managua. El “veranillo” de agosto ha dado tregua a las abundantes lluvias del invierno en el trópico. La tantas veces reconstruida capital se jalea con las fiestas patronales de Santo Domingo. Representado en una pequeña estatuilla de madera no más grande que una pelota de fútbol, el santo recorre toda la ciudad en procesión. Decenas de miles de peregrinos aguardan su paso en cualquier esquina, refugiándose aquellos que pueden bajo los árboles del camino.

A mediodía comienza a asfixiar el calor. En Nicaragua se le llama invierno a la época lluviosa, pero en realidad se trata del verano en el hemisferio norte. El sol en esta latitud quema como si estuvieras dentro de una sartén. Por mucho que uno lo evite, basta pasar dos minutos en la calle para comenzar a sentir las gotas de sudor deslizarse por la frente. Eso, para el extranjero, por supuesto. No se puede decir que el nica no suda, pero su cuerpo está más acostumbrado a los avatares del tiempo que el de un “chelito” venido del norte.

Súbitamente se produce una gran conmoción entre la masa de gente que espera al santo: no pasa nada, alguien ha subido el volumen de unos altavoces que vociferan consignas de la campaña electoral. Los comicios se celebrarán en tan sólo tres meses y los candidatos están ya preparando motores. Esta vez se trata de Enrique Quiñónez, un político conservador que apenas supera en las encuestas el 5% de los votos.

Sin embargo, a juzgar por las decenas de personas que en pocos segundos rodean la tribuna, pareciese que fuera el candidato con más popularidad. Una gran masa de gente se acerca al lugar de dónde proceden las consignas. Quiñónez, un político de mediana edad, rechoncho y con buena oratoria está repartiendo gorras, a la vez que lanza consignas desde el micrófono que sostiene en su mano. Se le nota visiblemente alterado, alguno diría que por efecto del alcohol. Desde luego, se muestra abrumado e incluso sorprendido por el gran número de nuevos seguidores a su causa.

Decenas de brazos se extienden hacia el escenario donde el político está dando su arenga. Quieren gorras, y les da igual quien quiera que se las esté dando. Quieren las gorras y ya está. En el fragor de la multitud,alguien se anima a gritar alabanzas:

-¡Viva Enrique Quiñónez! ¡Viva la ALN!

Incluso hay quien se atreve:

-¡Viva Somoza!

El hijo del ex dictador nicaragüense Luis Somoza Debayle ejerce como director de campaña del partido. Nadie parece darles apoyo en las encuestas, pero el político está regalando gorras, y ahora también zumos, atrayendo a quienes todavía no se habían decidido.

Posiblemente, si allí estuviesen repartiendo regalitos Daniel Ortega o Fabio Gadea, otros contendientes de la batalla electoral nicaragüense, también habrían causado la misma agitación.  Como me dijo aquél día un colega: “Así fuese el mismo diablo en persona, que ellos estarían pidiendo sus gorras”. Y qué otra cosa iban a hacer. Es lo que llevan viendo año tras año, campaña tras campaña. La política de pan y circo es común en Nicaragua. No sólo eso, sino la única que, probablemente, conoce la mayoría. El caudillismo político se reproduce en el país del pinol más rápido que las abejas en primavera.

El visiblemente impresionado Quiñónes comienza a sentirse cómodo en la tarima mientras decenas de brazos alzados siguen reclamando los regalos que llevarán a sus casas. Una gorra es un buen botín para un día de fiesta en el que no se esperaban ganar mucho. El pequeño escenario es un espacio ya confuso donde se mezclan los gritos de los presentes con el estridente sonido de los altavoces. Muchos de los presentes están embriagados. El alcohol acompaña las celebraciones nicaragüenses como el día acompaña a la noche.

De pronto aparecen algunos que no se han tragado la fastuosa representación del político liberal: son sandinistas, el bando contrario. Agrupados en pequeños grupos, comienzan a descalificar a los políticos que continúan arengando desde la tarima.

-¡Viva Daniel! ¡Viva el Frente Sandinista!

Es de esperar que se líe una gorda pronto. Y cuando es de esperar que se líe una gorda en Nicaragua, se acaba liando. Alguien lanza una piedra. Un guardaespaldas de Quiñónes abre la cartuchera de su pistola, la alza  y apunta al cielo. En ese momento, un policía que estaba mirando la escena hace lo mismo. No se sabe quién dispara primero, pero se produce un tiroteo. Lo siguiente son gritos, carreras y proyectiles perdidos. Uno de ellos va a dar a la espalda de un peregrino. Salva la vida, pero no podrá volver a caminar. Es el saldo de las balas de Minguito, de una política empantanada desde tiempos inmemoriales en el caudillismo. No parece ni siquiera sorprender. La noticia tiene fuerza el día de marras, pero pronto se evapora entre otros asuntos de una de las sociedades más castigadas por su clase política en el mundo.