Periodismo narrativo en Latinoamérica

Archivo para septiembre, 2011

La casa (de huéspedes) de los horrores

Está en Bluefields, Costa Caribe nicaragüense. Nada más llegar a puerto desde El Rama. A mano derecha, entre un pequeño cafetín y un puesto de fruta, hay una entrada angosta con el suelo de barro y olor a agua podrida. Da inicio a un estrecho corredor por donde es posible avanzar abriéndose paso entre láminas de zinc desbaratadas. Al fondo se vislumbran unas verjas oscuras. Hay alguien viendo la televisión tras ellas. Está de espaldas a nosotros, tirado sobre una hamaca, con el mando a distancia apuntando a un pequeño televisor colgado del techo. Llamamos:

– Hola, ¿Tienen habitaciones?

– Sí- dice una voz desde la hamaca. Es femenina, aunque grave.

– ¿Cuánto vale la noche?

– 50 córdobas- dice la voz sin volverse de su lugar

– ¿Puede enseñárnosla?

– Hmphffff- emite un quejido al tener que levantarse

Nos encontramos ante una señora gruesa, vestida con un pijama o chándal algo sucio. La barriga se le desborda de la cintura. El pelo desgreñado apenas deja ver sus pequeños ojos negros. Nos invita a pasar, sin decir nada. Recoge las llaves de una mesita y se dispone a subir unas escaleras de madera. Ascendemos tras ella, con cuidado de no tropezar con los peldaños. El piso superior es un estrecho corredor de madera vieja pintado de azul chicha. Pasamos apretados entre las paredes siguiendo el trasero de la voluptuosa ama de llaves.

El pasillo hace algunos recodos abruptos en el camino hacia nuestra habitación. El ambiente es angustioso: hace calor, mucho calor. Pareciera que el pasadizo no se hubiese ventilado en años. De una de las puertas escapa un extraño hedor: debe ser el baño. Afortunadamente para mí, pienso, puedo mear en la calle. Mi acompañante, Paula, quien realiza conmigo el viaje hacia Corn Island, no tiene la misma posibilidad. Tras un buen número de giros llegamos a nuestra habitación: es la última del segundo piso. Mejor dicho, la última “bis”. El final del corredor es una pared de madera en forma de V hacia adentro con dos puertas que confluyen en el vértice. Dos grandes candados las custodian. Parecieran celdas de aislamiento de cualquier prisión, o algo peor. La de la izquierda son nuestros aposentos.

Traspasamos el inquietante umbral. La habitación es un cuadrado casi perfecto. No es tan pequeña como la imaginaba, pero la atmósfera producida por el aire viciado produce un sofoco que disminuye sus dimensiones. No tiene ventanas, ni una. Sospecho que los habitáculos vecinos tampoco. El techo es del mismo zinc raído que el pasadizo antesala del hospedaje. Tan sólo hay dos muebles: una pequeña mesa de madera, pintada también del extraño color azul, y un viejo camastro con un colchón al que le suenan las entrañas como a un coche roto. Por supuesto, no tiene sábanas. La almohada es mejor ni mirarla. Está algo más oscura de lo deseado.

Por suerte, la afluencia de zancudos, los enormes mosquitos de Nicaragua, es exigua. No sé por qué no me extraña. Qué mosquito iba a poder entrar a un lugar tan cerrado. Miro a Paula con una sonrisa incrédula. Ella me devuelve la misma expresión. La señora se va y nos deja sentados en la cama. Es entonces cuando descubrimos que no estamos solos. Del otro lado de la estrecha pared de madera suena un súbito estruendo, como si un elefante acabase de entrar en la habitación. Un ataque de tos está teniendo lugar en la estancia contigua. Cuál es nuestra sorpresa cuando a los carraspeos les siguen una serie de escupitajos. Tengo que cenar en breve pero… ¡Joder, voy a tener que sacar agallas para hacerlo!

Paula tiene que ir al baño. No debe estar en las mejores condiciones. No tarda mucho en volver. Lo hace con un extraño gesto dibujado en su rostro:

– HÉCTOR, NUNCA, NUNCA ENTRES AHÍ- me dice. No grita. Las mayúsculas son para resaltar su cara desencajada. Puedo ver el terror en sus ojos.

Por una vez,  mi naturaleza curiosa no encuentra deseo de entrar al lugar. El hedor llega hasta la habitación. Sólo vislumbrar el cagadero por la puerta entreabierta del pasillo es suficiente para perder todo el interés en penetrar allí.

-Iré a mear a la calle- pienso.

Tenemos que dormir unas horas. Nos espera un largo viaje hacia Corn Island el día siguiente. El carraspeo y los posteriores escupitajos no dejan de ‘fluir’ desde la habitación de al lado. Al apagar la luz, por supuesto, se intensifican. Por suerte, comienza a caer algo de lluvia sobre la ciudad caribeña. Aunque produce un gran estruendo sobre las láminas de zinc que componen el techo de la habitación, es sin ninguna duda un concierto muchísimo más agradable que la barroca melodía de salivazos y ruidosas sacudidas de la estancia contigua. Gracias al ruido de la tormenta podemos conciliar el sueño en un lugar tan singular. No he podido recordar su nombre. Quizá ni siquiera lo tenga.


La travesía del Río San Juan

El Río San Juan, frontera entre Nicaragua y Costa Rica, es uno de los lugares más apasionantes del país pinolero. Lugar predilecto para el paso de migrantes indocumentados, sus riberas son una muestra de los contrastes entre los dos países. El lugar se ha militarizado con la reciente disputa entre Nicaragua y Costa Rica en La Haya. No había publicado este vídeo reportaje que hice hace cuatro meses en América Indómita, así que ahí va:


Nadie dijo que el futuro fuese hoy

De Nicaragua a Costa Rica no sólo viajan migrantes en busca de un salario mejor u otras condiciones de vida. También hay quienes escapan por su opción sexual. Esa es la historia de Itzmin: Quiso ser enfermero, pero acabó sembrando palma por dos dólares diarios ¿Su delito? Le gustan los hombres.

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Conocí a Itzmin en el pequeño embarcadero de San Carlos, Nicaragua, donde comienza el Río San Juan, frontera natural con Costa Rica. Era un muchacho de unos 22 años, baja estatura y muy delgado. Al contrario que la mayoría de nicaragüenses, mantenía una larga cabellera negra deslizada sobre sus estrechos hombros. El aspecto de su pelo revelaba dónde había pasado los últimos días: el trabajo diario en el campo es exigente.

El chaval tenía un cierto aspecto rockero… cualquiera diría que acababa de salir de un concierto de heavy metal. Por cierto, la música que le gusta. Le había visto antes en la Casa del Migrante que Cáritas montó en la localidad, paso obligado para tantas almas que cruzarán la frontera ilegalmente en busca de un futuro mejor. Todo su equipaje era una pequeña mochila y unas grandes botas de plástico, indumentaria necesaria para cruzar con éxito los grandes lodazales que le llevarían a Costa Rica.

Le había oído pedir a la asistente del refugio que le llenase la botella de agua. Le dijo que esa misma noche intentaría cruzar, junto a otros compañeros, la frontera hacia el país vecino. La vez anterior le pillaron una vez cruzó los límites. Su error fue caminar por una carretera secundaria. Esta vez había decidido evitar todos los caminos. Tras llenar el recipiente de plástico, dio media vuelta y se fue. Me quedé con ganas de saber más de él, así que me dirigí también al puerto.

Allí lo encontré, junto a dos amigos, sentado en uno de los pequeños banquitos dispuestos ante la puerta del embarcadero. La pequeña habitación estaba dispuesta de tal manera que era difícil que entrase algo de aire. Aun así hacía más fresco que en el exterior, donde el sol quemaba el suelo en el mayo nicaragüense, uno de los meses más calurosos del trópico en esa latitud. En uno de los extremos trabajaban los expendedores de boletos y en el otro había un pequeño mostrador de cemento donde una señora vendía toda suerte de chucherías. En el centro, los asientos donde estaba Itzmin. No sé porqué, pero me dio la sensación de que ese muchacho necesitaba hablar con alguien. Parecía estar pidiendo a gritos que le escuchasen, aunque no fuese perceptible a simple vista.

Me senté a su lado, pero no dije una sola palabra. No me equivocaba. Fue él quien empezó la conversación:

– ¿De dónde sos?- me dijo.

Salta a la vista que no soy nicaragüense.

– Soy español, ¿y tú?- le respondí. En San Carlos, paso fronterizo, es prudente preguntar de dónde es cada quién antes de darlo por sentado.

– Soy nica, de Siuna- me contestó.

Estuvimos conversando sobre música, sobre Nicaragua y sobre el río. Tenía ganas de hablar. No dejó de hacerlo durante varios minutos. Fue al cabo de un rato cuando se decidió a contarme sus planes:

– Quiero cruzar el Río para trabajar en Costa Rica. Allí pagan mucho más que aquí. Esta semana nos han pagado 60 córdobas (2 euros) al día por trabajar en los campos de palma africana- me dijo.

– ¡Qué hijos de puta!- fue mi reacción.

Uno percibe cuando está hablando con una persona del campo nicaragüense, generalmente de escasos estudios, y cuando no. En el caso de Itzmin saltaba a la vista que su educación era algo más elevada que la básica.

– ¿Por qué estás trabajando en el campo?- pregunté inocentemente.

– Una buena pregunta- contestó- Yo estaba estudiando quinto curso de enfermería en una universidad, pero el dinero se acabó en casa y tuve que ponerme a trabajar. Me quedan sólo 6 meses para terminar, pero los cursos cuestan 50 dólares al mes y no los puedo pagar. Por eso quiero trabajar en el campo, para sacar lo suficiente y terminar los estudios.

Puede parecer estúpido, pero una universidad privada en Nicaragua, las que más abundan, es cara. Tanto o más que una pública en España. Itzmin no podía pagarse los 50 dólares al mes que costaba la suya. Una más de las contradicciones en un país donde son el pan de cada día. Sin embargo, todavía no me había dicho toda la verdad. Ya había insinuado algo antes, sobre su opción sexual, pero no fue hasta que habló de su inacabada carrera de enfermería cuando reveló la verdadera causa de todos sus problemas:

– En realidad, lo que pasa es que mi familia no aprueba mi opción sexual, porque a mí me gustan los hombres. Es por eso que dejaron de pagarme la carrera. En Costa Rica hay mucha más tolerancia, pero aquí en Nicaragua los homosexuales lo tenemos difícil. La mayoría de familias son “homofóbicas”- me confió un todavía animado Itzmin.

– Sin embargo, yo voy a demostrar que la opción sexual no significa nada- exclamó, con cuidado de que no le oyesen sus compañeros, entre los que se encontraba un familiar -la mayoría de mi familia no sabe nada todavía-

El caso de itzmin no es aislado. Cada año, cientos de nicaragüenses abandonan el país con motivo de su opción sexual, hacia lugares más tolerantes, como España o Costa Rica. Algunos, como él, porque la homosexualidad les cerró las puertas de su familia. Otros porque se cansaron de luchar en un país donde el “macho” sigue siendo la clase dominante y los “cochones” son muchas veces objeto de burlas y discriminaciones.

La llamada ‘migración rosa’ es un fenómeno que separa temporada tras temporada a miles de centroamericanos de su tierra y amigos. Estas personas anónimas sufren un destierro doloroso, forzado por aquellos que no se respetan ni a ellos mismos. Una tendencia que no tiene pinta de acabar pronto en un país donde aquellos que defienden los derechos de los homosexuales reman muchas veces contra corriente. La nicaragüense es una sociedad rural y conservadora donde la doctrina de la Iglesia está, para la gran mayoría, escrita en piedra. La tragedia de Itzmin se resume en una frase que el colectivo Movimiento Feminista de Nicaragua ha colgado, en forma de publicidad, de las farolas de Managua: “Mi amor no daña, tu rechazo sí”, rezan una decena de carteles repartidos por toda la ciudad.

Itzmin se marchó en uno de los pequeños barcos que recorren la ruta entre San Carlos y El Castillo. Desde allí le esperaba un largo viaje hasta el otro lado de la frontera. Hacia sus sueños. El futuro, uno en que no fuese discriminado por su opción sexual, no era hoy para él.

(Fotografía: Héctor Estepa)


Las fauces

Me topé con la composición que ilustra este post en la página 7 del diario La Prensa del 9 de septiembre de 2011. Bajo el dibujo, escrito a grandes letras, se podía leer “Diplomado en liderazgo y Gerencia Política”. Cuál fue mi estupor cuando identifiqué en el rótulo un par de garras afiladas llevándose una suerte de pastel, o queso gruyere. O quizá eran dos jóvenes cogidos de la mano y mi subconsciente me jugó una mala pasada.

Claro que también pudo habérselo jugado a quien diseñó el logo…

No sé qué enseñaran en ese curso, no tengo idea alguna de quiénes son sus ponentes, pero me llamó la atención el logo, como alegoría de la corrupción política a nivel global. Por supuesto, puede que simplemente lo esté viendo desde mi prisma

Continué mi sorpresa cuando, al buscar el logo en internet, me topé con otros de distintos cursos, algunos tan descriptivos como el que muestro a continuación:

“El mundo en tus manos” es lo que a mi me dice este gráfico de ‘Instituto de Formación, Gerencia y Liderazgo Americano’…


Historias de La Carpio

En San José hay una isla que se llama La Carpio.  Al recóndito barrio sólo se puede entrar mediante una angosta carretera de dos carriles. Cuando se toma la pista, pronto desaparece toda construcción. Se conduce por la cresta de una verde colina, cuyas pendientes descienden hacia lo que parece un riachuelo. Una caravana de autobuses recorre a diario el camino. Pasan uno detrás del otro, como si de una extraña romería se tratase. Unos minutos más tarde se comienza a sentir un peculiar resplandor: al frente, una marabunta de tejados de zinc, raídos por la humedad, enseñan su cara al sol. Anuncian que hemos llegado a destino.

San José, la capital de Costa Rica, quedó atrás. Casi se podría decir que también lo hizo el país. En tan sólo diez minutos el paisaje ha cambiado de forma radical,  evocando el cruce de alguna suerte de frontera invisible. Nada más rejos de la realidad. La asombrosa aglomeración de tejados de lata, en profundo contraste con los edificios del centro,  es parte del término municipal de San José. Los turistas no saben que está ahí. Muchos ticos tampoco. Es la puerta de atrás, el vertedero de un país que se considera exitoso. No lo es para todos. Miles de nicaragüenses tienen allí su residencia. Llegaron buscando un salario mejor, pero muchos no encontraron más que miserias en un país que no es el suyo, atrincherados contra el temido fantasma de la xenofobia.

La primera impresión que uno tiene cuando pone el pie en el barrio es haber vuelto a Nicaragua:

Las fritangas, furtivas en el centro de la ciudad, salen a la calle en La Carpio.

Cualquier lugar improvisado se convierte en pulpería.

El nacatamal pinolero se anuncia en las fachadas.

Un olor a carne asada llega de la vuelta de una esquina.

La piel de la gente es más oscura.

Su acento es diferente.

También sus expresiones.

La Managua chiquita es un calco de la verdadera.

El barrio fue creado en 1993 por tomatierras costarricenses llegados de zonas humildes del país. La finca donde se ubica pertenecía a la Caja Costarricense de Seguro Social. Se estima que su población supera las 25.000 personas, en su mayoría nicaragüenses y costarricenses. Ha incrementado su extensión hasta ocupar más de 23 kilómetros cuadrados, convirtiéndose en una de las comunidades más grandes de San José.

Desde sus inicios se le tiene por la zona más peligrosa de la capital. Existen varios grupos de crimen organizado, en forma de pandillas, dedicados a pequeños hurtos o menudeo de droga. Sus habitantes luchan, sin embargo, por un reconocimiento que vaya más allá del de barrio peligroso. Aunque admiten que lo es: “Lo normal es que se produzca un tiroteo a la semana“, dice Georgina, una empleada de la Iglesia Luterana que colabora en varios proyectos del barrio. Una rápida pasada con la cámara de fotos basta para darse cuenta de que hay gente en La Carpio que no quiere ser fotografiada.

Lucha contra la xenofobia

En La Carpio no hay nicaragüenses. Esa es la conclusión que podría alcanzar un voluntario extranjero preguntando a cada uno de sus habitantes. Los migrantes se niegan a decir de dónde proceden: ser pinolero es un estigma para muchos de ellos. Son las heridas sin cicatrizar de varias décadas de xenofobia. Una irracional, entre hermanos. El eterno miedo a la pobreza.

– Hola, ¿Cómo va la mañana? – pregunto a dos muchachas afanadas en subir los escalones que ascienden desde la parte baja del barrio.

– Dando un paseo, ¿Y vos?

– Lo mismo. Llegué hace poco, vengo de Managua. Me han dicho que aquí hay muchos nicas

– Sí, hay muchos.

– ¿Vosotras, por ejemplo?

– No, nosotros somos ticas

– Mucho gusto, entonces

Me dispongo a bajar por donde ellas subían, cuando me advierten:

– Tenga cuidado ahí abajo, pues, ahí hay muchos tamales (ladrones)

– Pero niñas… tamales y pues no es que sean dos expresiones muy ticas…

Las sonrisas que se dibujan en sus caras me da a entender que he dado en el blanco. Por vergüenza, miedo, o vete a saber qué otro motivo, habían querido ocultar su verdadera nacionalidad. Este es sólo un ejemplo, muy ilustrador, eso sí, del estigma que para muchos significa ser nica en Costa Rica. No les culpo. Georgina me cuenta que  el simple hecho de decir “pues” como coletilla al final de las frases puede ser motivo de insulto. “Bruto, aprende a hablar, te pueden decir“. Muchos ni siquiera conversan en el autobús u otros lugares públicos por miedo a ser insultados. “Unos compañeros de la universidad me escupieron por el simple hecho de ser nica”, confiesa la voluntaria luterana.

Un grupo de niños juega al fútbol en uno de los pocos espacios recreativos del complejo. Con cuidado de no tirar muy fuerte, o la pelota puede irse ladera abajo. Los pequeños, sin superar los 10 años, tienen la misma opinion: “es que los ticos son especiales“, dice uno de los pequeños. “Negro, bruto -tonto-, o mono” son algunos de los insultos más corrientes, asegura Georgina.

En el punto de mira

El barrio todavía no ha podido olvidar aquél mayo de 2004, cuando se produjo la gran redada que cambió su historia. Nunca antes se había montado un dispositivo de tal calibre. Decenas de personas fueron arrestadas, algunas sin motivo. Muchas fueron encañonadas. La policía penetró en las casas llevándoselo todo por delante. Los vecinos lo suelen recordar con un simple y directo adjetivo: humillante.

No fue el último: en junio de este año se repitió un operativo similar, con la excusa de detener la actuación de las pandillas. Acabó con 26 detenidos, cinco de ellos nicaragüenses. Fueron acusados de delitos de hurto, tentativas de homicidio, amenazas e incluso abusos sexuales. En el barrio que construyó una escuela con sus propias manos y unas cuantas láminas de zinc, la delincuencia ha acabado por campar a sus anchas. Aunque la mayoría de vecinos la rechaza, y le quita hierro, lo cierto es que La Carpio no es un lugar modelo en cuestiones de seguridad. Más cuando algunos de sus policías aceptan sobornos, como aseguran muchos de los moradores.

“A pesar de la delincuencia, tenemos que respetarnos como somos, no importa si somos negros, blancos o chinos” dice una vecina. La Carpio es, quizás, el lugar de Costa Rica donde menos se siente la xenofobia entre ambos países: “Aquí las chorreadas las acompañamos con cuajada, nuestro pan con agua dulce…” dice un tendero. Toda una paradoja en un barrio que ha aprendido de sí mismo para superar las adversidades que se le han ido presentando. Un ejemplo más de que La Carpio es una isla, no sólo de San José, sino de toda Costa Rica.

(Fotografías: Héctor Estepa)