Periodismo narrativo en Latinoamérica

Por un puñado de reales

Oswaldo cuenta cerca de 60 años, pero aparenta algunos menos, como la mayoría de sus compatriotas. No peina cana alguna en su negro cabello de corte militar. Precisamente ese era su oficio. Sirvió a la Revolución durante casi dos décadas, primero como guerrillero y más tarde como integrante del Ejército Popular Sandinista que enfrentó a las fuerzas contrarrevolucionarias en los 80. La astucia se refleja en su cara, pero también la honradez. Es de rasgos fuertes y tez oscura. Recio, por supuesto. El porte militar nunca se pierde. Su camisa desabotonada deja entrever un crucifijo de plata en su pecho: es profundamente creyente. Uno necesita ayuda divina en las montañas. A Oswaldo no le dio la espalda: asegura haber sobrevivido a dieciocho impactos de bala. No tiene reparo alguno en enseñarlos. Habla tranquilo, con la experiencia que dan los años. Cuenta antiguas batallas de la Guerra. Penetró en Managua por Carretera Norte en plena Revolución. La calle estaba tomada por barricadas de la Guardia Nacional. No había muchos, la mayoría había desertado ya. Eran los últimos vestigios del cuerpo represor somocista. El Frente estaba a punto de triunfar, pero la guerra duraría diez años más para él. Después vendrían las guerrillas contrarrevolucionarias del norte y centenares batallas por librar.

Cuando se retiró del ejército, Oswaldo no pudo encontrar empleo, como tantos otros ex militares. Algunos, organizados en asociaciones, se tomaron hace poco la Catedral Metropolitana en reclamo por sus derechos. Él les apoya, pero no participa activamente. De lunes a viernes, viaja a las puertas de la Dirección de Tránsito. Allí se realizan las gestiones capitalinas de matriculación, cambio de dueño y revisión de vehículos. Su trabajo consiste en captar un cliente, y asesorarle en los trámites. Si el consumidor lo requiere, le acompañará personalmente.

Sin embargo, Oswaldo no tiene contrato con la Dirección de Tránsito, ni ninguna relación con la autoridad. De hecho, rara vez traspasa el umbral del edificio: la seguridad le conoce. Es un trabajador autónomo, que cobra lo que puede regatear con el cliente que requiere sus servicios. Forma parte de los cientos de miles de nicaragüenses que diariamente se ven avocados a agudizar su ingenio para poder llevar dinero a casa. Cacahueteros, vendedores de jocote, vigilantes de seguridad autónomos, semaforeros, chatarreros, componedores de basura, pescadores, lustrabotas… son sólo algunos ejemplos del subempleo que afecta a unos 885 mil nicaragüenses, el 38,8% de la población, según datos del Instituto Nacional de Información de Desarrollo. Sumados a los 186 mil que están completamente desempleados resultan más de un millón de personas con ocupaciones precarias en una población de unos seis millones de habitantes, pero con un millón viviendo en el exilio voluntario. Además, de las personas con empleo, el 64,9% se definen como trabajadores informales, situados fuera de los beneficios que ofrece la ley. Son pocos los que cuentan con un empleo formal en Nicaragua. La mayoría no sabe si podrán mantener su puesto de trabajo en un futuro. El subempleo está siempre sujeto a los caprichos del que paga. Para los autónomos humildes, sin acceso a prestación alguna, la situación se agrava si los clientes no tienen reales. La crisis. El billete manda, como bien sabe Oswaldo.

Publicado en Elmundo.es

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